Desde hace unos días se vienen publicando informaciones sobre la intervención de una supuesta psicoanalista en el entorno de la familia de Isak Andic. María Julia L., presentada en ocasiones también como terapeuta familiar, es una figura desconocida tanto para las sociedades psicoanalíticas catalanas como para el Col·legi Oficial de Psicologia de Catalunya.
La práctica del psicoanálisis se
rige por un principio formulado ya por Freud: la neutralidad del analista.
Quien inicia un análisis busca conocerse mejor para, a partir de ese recorrido,
poder decidir qué hacer con aquello de sí mismo que hasta entonces había
permanecido en la oscuridad. Más adelante, Lacan se refirió a esa paradoja
mediante el concepto de extimidad: aquello más íntimo de cada uno es,
precisamente, lo más desconocido y, por ello, suele experimentarse como algo
extraño o exterior.
El analista no interviene en nombre
del sujeto, se abstiene salvo en circunstancias excepcionales de especial
vulnerabilidad, como pueden ser la infancia, la adolescencia en riesgo o
determinados trastornos mentales graves. Su función consiste en propiciar que
cada persona pueda apropiarse de ese saber sobre sí misma y asumir, desde ahí,
la responsabilidad de sus decisiones. Cuando se trata de adultos, el trabajo
analítico es siempre individual y apela a la responsabilidad subjetiva: es cada
analizante quien responde de sus palabras y de sus actos.
Las referencias a padres, madres,
hermanos u otros familiares que aparecen en las sesiones pertenecen siempre al
relato construido por quien consulta. El psicoanálisis no trabaja con los
familiares reales, sino con la versión que el sujeto ha elaborado de ellos a lo
largo de su vida, una representación que, además, puede modificarse durante el
proceso analítico.
Por ello, sorprende que quien se
presenta como psicoanalista —siempre según las informaciones periodísticas
publicadas— participe activamente en decisiones familiares, incorpore a su
propia hermana al supuesto trabajo terapéutico o comparta información indistintamente
entre padre e hijo. Ese modo de proceder puede ser propio de otros
dispositivos, como la mediación, el coaching o el counseling familiar, pero
resulta por completo ajeno a la práctica psicoanalítica.
Conviene subrayarlo porque no se
trata de una mera diferencia de estilos profesionales, sino de principios
éticos que definen una disciplina. Confundirlos no solo desdibuja qué es el
psicoanálisis, sino que contribuye a generar una imagen distorsionada de una
práctica, supervisada regularmente, cuyo fundamento consiste, precisamente, en
preservar el lugar singular de la palabra y la responsabilidad de cada sujeto.
José R. Ubieto. Miembro de la
Asociación Mundial de Psicoanálisis y de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis




