viernes, 4 de septiembre de 2026

Farmear aura (o cómo hacerse un lugar en el mundo)

 


Catalunyaplural.cat 


Una de las claves del éxito de las redes sociales y de sus influencers es que se han convertido en prescriptores de conducta. Lo que cuentan —sea verdadero o falso, razonable o extravagante— funciona como brújula para muchos adolescentes y jóvenes, especialmente para los pertenecientes a las llamadas Generación Z y Alfa. No solo dicen qué comprar o qué mirar: también cómo vestirse, cómo relacionarse o, incluso, cómo llegar a ser uno mismo.

Uno de los mayores éxitos virales de TikTok fue #thatgirl, miles de vídeos que proponían un ideal de vida aparentemente alcanzable siguiendo un programa diario exigente: madrugar, dieta saludable, compañías “no tóxicas”, cumplir con los deberes académicos o laborales y aprovechar cada minuto del día. La promesa era sencilla: si ordenas tu vida, puedes convertirte en la mejor versión de ti mismo.

Otra tendencia fue la de delulu is the solulu, una avalancha de vídeos que reivindicaban el poder de la mente y de la fantasía para cambiar la propia vida. Una manera de conjurar la angustia mediante el pensamiento positivo: si las cosas van mal, siempre existe alguna explicación externa o alguna nueva actitud que permite seguir adelante.

Ahora estamos en el momento de farmear aura. La expresión, tomada del lenguaje de los videojuegos, describe acciones, gestos, poses o actitudes destinadas a acumular simbólicamente puntos de carisma, presencia y reputación. Se trata de parecer seguro, tener estilo, actuar con decisión, tener carisma y dominar una situación. En definitiva, de proyectar ese savoir faire que hace que los demás reparen en uno y le atribuyan esa aura de “autenticidad”.

¿Por qué esta generación parece tan necesitada de estas pautas? Hay razones atemporales y otras propias de la época. Como en cualquier otra generación ofrecen una respuesta a tres preguntas fundamentales para ellos y ellas: identidad (¿quién soy y qué deseo?), pertenencia (¿formo parte de una comunidad o soy un friki marginal?) y cuerpo y sexualidad (¿cómo controlo los embates pulsionales?). Para ello, estas performances son un escenario privilegiado para tratar esas cuestiones: ponen en juego la mirada, actúan el cuerpo y lo muestran al otro del que esperan su sanción.

Por otra parte, en nuestra época encontrar un lugar en el mundo resulta especialmente acuciante cuando fallan algunas de las condiciones que tradicionalmente facilitaban ese tránsito: vivienda, trabajo, emancipación. A ello se añaden las emergencias climática y política y la irrupción de la inteligencia artificial, que introduce nuevas incertidumbres sobre el futuro laboral y social. No son problemas exclusivos de los jóvenes, pero les alcanzan precisamente cuando deben empezar a confrontarse a ese escenario adulto.

Hacerse un nombre no equivale necesariamente a triunfar. Pero sí constituye una condición para vivir en sociedad. Cada uno necesita encontrar un lugar desde el que pueda reconocerse y ser reconocido por los otros: a través de una profesión, de una relación familiar, de un grupo de amigos o de cualquier comunidad de pertenencia. Ese lugar no viene dado de antemano. Se construye.

El aura, en su versión digital, es una representación acelerada y espectacular de ese reconocimiento. Lo que antes requería tiempo, presencia y vínculos aparece ahora condensado en una pose, una hazaña, una fotografía o unos segundos de vídeo.

Ahí aparece el engaño. El lado fake del aura es doble. Por un lado, se presenta como algo que depende casi exclusivamente del carisma, la actitud o el esfuerzo individual, como si todos partiéramos del mismo lugar y las condiciones sociales fueran irrelevantes. La paradoja es que ese talento debe viralizarse y recibir la aprobación masiva. Por otro, convierte el reconocimiento en algo necesariamente cuantificable y efímero: una escena que impresiona, unos likes, una mirada de admiración.

Hacerse un lugar en el mundo no es fácil, sabemos las dificultades presentes en muchos síntomas y malestares, pero sería un error creer que ese trabajo que requiere presencia, atención y deseo pueda externalizarse en un algoritmo.

José R. Ubieto. Psicoanalista


domingo, 26 de julio de 2026

La tentación de la inocencia

 





Catalunya Plural, 

Asumir determinadas tesis sobre inmigración, género o identidad nacional no es un gesto neutro. Habla de la posición que cada uno adopta ante cuestiones que afectan a la convivencia social y a los derechos de otros. Refugiarse en el lema de un partido, para desconocer las propias actitudes xenófobas o machistas, es no querer saber de nuestra posición ética, de la que cada uno es siempre responsable. Si determinados partidos prosperan es porque muchos votantes les dan su consentimiento. No basta decir que “escuchan nuestras preocupaciones” si luego sus políticas rara vez mejoran la situación de quienes dicen representar. Inmigrantes, mujeres, jóvenes o parados mayores suelen aparecer más como instrumentos de movilización política que como auténticas prioridades de gobierno. Protestar es legítimo. Votar también. Pero ambas decisiones tienen consecuencias. Y asumirlas forma parte, sin duda, de lo que significa ser ciudadanos adultos.

 LEER ARTICULO


miércoles, 1 de julio de 2026

El psicoanálisis tiene sus principios, pero no son estos (caso Andic)

 



La Vanguardia, 2 de julio de 2026

Desde hace unos días se vienen publicando informaciones sobre la intervención de una supuesta psicoanalista en el entorno de la familia de Isak Andic. María Julia L., presentada en ocasiones también como terapeuta familiar, es una figura desconocida tanto para las sociedades psicoanalíticas catalanas como para el Col·legi Oficial de Psicologia de Catalunya.

La práctica del psicoanálisis se rige por un principio formulado ya por Freud: la neutralidad del analista. Quien inicia un análisis busca conocerse mejor para, a partir de ese recorrido, poder decidir qué hacer con aquello de sí mismo que hasta entonces había permanecido en la oscuridad. Más adelante, Lacan se refirió a esa paradoja mediante el concepto de extimidad: aquello más íntimo de cada uno es, precisamente, lo más desconocido y, por ello, suele experimentarse como algo extraño o exterior.

El analista no interviene en nombre del sujeto, se abstiene salvo en circunstancias excepcionales de especial vulnerabilidad, como pueden ser la infancia, la adolescencia en riesgo o determinados trastornos mentales graves. Su función consiste en propiciar que cada persona pueda apropiarse de ese saber sobre sí misma y asumir, desde ahí, la responsabilidad de sus decisiones. Cuando se trata de adultos, el trabajo analítico es siempre individual y apela a la responsabilidad subjetiva: es cada analizante quien responde de sus palabras y de sus actos.

Las referencias a padres, madres, hermanos u otros familiares que aparecen en las sesiones pertenecen siempre al relato construido por quien consulta. El psicoanálisis no trabaja con los familiares reales, sino con la versión que el sujeto ha elaborado de ellos a lo largo de su vida, una representación que, además, puede modificarse durante el proceso analítico.

Por ello, sorprende que quien se presenta como psicoanalista —siempre según las informaciones periodísticas publicadas— participe activamente en decisiones familiares, incorpore a su propia hermana al supuesto trabajo terapéutico o comparta información indistintamente entre padre e hijo. Ese modo de proceder puede ser propio de otros dispositivos, como la mediación, el coaching o el counseling familiar, pero resulta por completo ajeno a la práctica psicoanalítica.

Conviene subrayarlo porque no se trata de una mera diferencia de estilos profesionales, sino de principios éticos que definen una disciplina. Confundirlos no solo desdibuja qué es el psicoanálisis, sino que contribuye a generar una imagen distorsionada de una práctica, supervisada regularmente, cuyo fundamento consiste, precisamente, en preservar el lugar singular de la palabra y la responsabilidad de cada sujeto.

José R. Ubieto. Miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis y de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis

 

 ARTICULO


domingo, 14 de junio de 2026

CR-eadores - José Ramón Ubieto y la adicción a las pantallas

 


Ser Ciudad Real, 1/6/26


La soledad es una condición humana estructural, que tiene diferentes registros, máscaras que varían según la persona y la circunstancia. Hay soledades: el aislamiento social, el sentimiento subjetivo de estar solo, la dificultad de estar a solas, el deseo de estar solo… En sociedades más comunitarias y tribales, la soledad se vivía de otra manera. Hoy, en cambio, en esta «era del Yo», muchos se conciben como seres únicos y originales, sin raíces ni copias, y la soledad se convierte en el síntoma de un malestar más amplio.

AUDIO