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miércoles, 1 de julio de 2026

El psicoanálisis tiene sus principios, pero no son estos (caso Andic)

 




Desde hace unos días se vienen publicando informaciones sobre la intervención de una supuesta psicoanalista en el entorno de la familia de Isak Andic. María Julia L., presentada en ocasiones también como terapeuta familiar, es una figura desconocida tanto para las sociedades psicoanalíticas catalanas como para el Col·legi Oficial de Psicologia de Catalunya.

La práctica del psicoanálisis se rige por un principio formulado ya por Freud: la neutralidad del analista. Quien inicia un análisis busca conocerse mejor para, a partir de ese recorrido, poder decidir qué hacer con aquello de sí mismo que hasta entonces había permanecido en la oscuridad. Más adelante, Lacan se refirió a esa paradoja mediante el concepto de extimidad: aquello más íntimo de cada uno es, precisamente, lo más desconocido y, por ello, suele experimentarse como algo extraño o exterior.

El analista no interviene en nombre del sujeto, se abstiene salvo en circunstancias excepcionales de especial vulnerabilidad, como pueden ser la infancia, la adolescencia en riesgo o determinados trastornos mentales graves. Su función consiste en propiciar que cada persona pueda apropiarse de ese saber sobre sí misma y asumir, desde ahí, la responsabilidad de sus decisiones. Cuando se trata de adultos, el trabajo analítico es siempre individual y apela a la responsabilidad subjetiva: es cada analizante quien responde de sus palabras y de sus actos.

Las referencias a padres, madres, hermanos u otros familiares que aparecen en las sesiones pertenecen siempre al relato construido por quien consulta. El psicoanálisis no trabaja con los familiares reales, sino con la versión que el sujeto ha elaborado de ellos a lo largo de su vida, una representación que, además, puede modificarse durante el proceso analítico.

Por ello, sorprende que quien se presenta como psicoanalista —siempre según las informaciones periodísticas publicadas— participe activamente en decisiones familiares, incorpore a su propia hermana al supuesto trabajo terapéutico o comparta información indistintamente entre padre e hijo. Ese modo de proceder puede ser propio de otros dispositivos, como la mediación, el coaching o el counseling familiar, pero resulta por completo ajeno a la práctica psicoanalítica.

Conviene subrayarlo porque no se trata de una mera diferencia de estilos profesionales, sino de principios éticos que definen una disciplina. Confundirlos no solo desdibuja qué es el psicoanálisis, sino que contribuye a generar una imagen distorsionada de una práctica, supervisada regularmente, cuyo fundamento consiste, precisamente, en preservar el lugar singular de la palabra y la responsabilidad de cada sujeto.

José R. Ubieto. Miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis y de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis