sábado, 1 de junio de 2013

Un mito muy masculino


 















La Vanguardia. Tendencias, 1 de Junio de 2013
¿Necesitamos salvadores?





Un mito muy masculino



La crisis, una de cuyas ventajas es hacer más visible lo social, nos devuelve el mito clásico del salvador, mito muy masculino. Un hombre, sólo ante el peligro, antepone el interés colectivo (patria, institución) a cualquier otro personal que debe ser sacrificado en aras del primero. Coincidiendo con la marcha de Mourinho, Aznar anuncia su regreso a la política activa. Dos hombres y un mismo destino: salvar a una institución en declive (Madrid, España) y devolverle el honor mancillado.

Sin entrar en las claves partidistas hay detalles compartidos en su modus operandi, empezando por este objetivo (goal) común. Uno y otro son ejemplares en la aplicación de la teoría neurótica (Freud): “la culpa es siempre del otro que no deja de satisfacerse a costa mía y en mi perjuicio” (privilegios arbitrales, demandas insolidarias,..). El otro tiene pues el goce que a mí me quita, goce que siempre debe ser contado y calculado (tantos penaltis, tantos agravios,..).

Esta tesis, sin dialéctica posible, legitima una respuesta que justifica la propia impunidad. Para este fin cualquier medio está aceptado, incluidos los “digitales”: el dedo propio en el ojo ajeno o el dedo erecto como signo del poder fálico, que desconoce el límite de las reglas colectivas y espera ahorrarse el pago establecido. Si a eso se suma la debilidad del antecesor, el rito de salvación encuentra su legitimidad completa.

¿Resultados? En términos de outputs conocemos los datos del entrenador: escasos y con una relación coste-beneficio muy negativa. En término de outcomes (beneficios del método que revierten en aprendizaje para próximas iniciativas) la cosa pinta peor: división interna en sus filas y aumento notable de la hostilidad con el entorno. Poco aprendizaje, pues, para tanto esfuerzo.

El regreso anunciado del hombre que un día, a propósito de las razones de la guerra de Irak o del cambio climático, declaró que a él no le importaban las causas, sólo los hechos (por cierto, inventados) ¿qué legado nos dejará tras su paso? La ética de las buenas intenciones tiene el riesgo de ignorar las consecuencias de los actos bienintencionados y además suele revestirlos con un velo sobre la memoria histórica (no hay que olvidar que aquí se trata de un regreso).

Europa, y España, nos ofrecen hoy muchos ejemplos del retorno de este mito, que más tarde o más temprano, se confronta a aquello que vela el mito: el culto a la personalidad y la arbitrariedad del acto redentor. Salvar al otro, y más cuando éste no lo pide, no parece entonces un buen método para el otro ni para la convivencia social. Otra cosa son los beneficios para sí mismo.



lunes, 27 de mayo de 2013

DSM-V. ¿Todos trastornados?




La primera edición del DSM se publicó en 1952 y al igual que la siguiente eran un reflejo de la influencia del psicoanálisis. Películas celebres como Recuerda de Hitchcock (con decorados de Dalí) dan testimonio de esa época. Las siguientes partieron de una concepción biologizante del ser humano y supusieron un cambio notable al desmantelar los grandes cuadros de la psicopatología, reduciéndolos a ítems contables. Este mecanismo produjo un efecto burbuja creciendo los trastornos a un ritmo de 100 cuadros por edición, llegando ya a los 500 del actual DSM-V.

El DSM compite con la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-10), manual de la OMS más flexible para permitir el juicio clínico y la variación cultural. La mayoría de diferencias son arbitrarias pero su armonización choca con el lobby de la Asociación Americana de Psiquiatría que ha hecho del DSM una industria con grandes beneficios.

Su incidencia en la vida de las personas es notable ya que no se limita a clasificar sino que decide las prestaciones a recibir así como los internamientos de oficio. En EE.UU, entre 1987 y 2007, se dobló el número de personas que recibieron prestaciones sociales por incapacidad asociada a un trastorno mental y en los niños 35 veces más, siendo la primera causa de discapacidad infantil.

Esta influencia es lo que resulta más inquietante de esta nueva edición donde A. Frances, uno de los máximos responsables de la anterior, alerta que “hay muchas sugerencias de que el DSM-V podría dramáticamente incrementar las tasas de trastornos mentales y crear decenas de millones de nuevos pacientes mal identificados al promover la inclusión de muchas variantes normales bajo la rúbrica de enfermedad mental”.

Algunas novedades: “Trastorno cognitivo menor”, que incluye síntomas inespecíficos muy comunes en personas de más de 50 años; “Trastorno por atracones” definido por darse un atracón semanal en un periodo de tres meses –práctica no inhabitual en verano – y que pasaría a considerarse un trastorno mental. O el que se prevé el cuadro estrella: “Trastorno mixto de ansiedad-depresión” con síntomas ampliamente distribuidos en la población general (inquietud, tristeza) para los que la medicación no supera en resultado al placebo.

La buena noticia es que este desvarío parece encontrar ya su freno en la redacción misma del DSM-V, muy conflictiva debido a las tensiones internas y en el rechazo de numerosas instituciones, entre ellas el Consejo General de Psicología de España. El gobierno de EE.UU., preocupado por reducir gastos en farmacia y hacer viable la reforma impulsada por Obama y Kerry, no admite de sus proveedores ninguna factura que no se base en criterios del manual de la OMS y el NIMH (Instituto Nacional de Salud Mental) – la mayor agencia de investigación biomédica proveedora de fondos de investigación en salud mental– acaba de anunciar que dejará de hacer uso del DSM porque carece de validez y “los pacientes con trastornos mentales se merecen algo mejor”.

No se trata de negar la utilidad de las clasificaciones en la clínica, y mucho menos del diagnóstico, pero cualquier etiqueta no puede olvidar que un sujeto nunca se reduce a la categoría. Frente a esta pasión universalizante del “todos estamos enfermos y fuera de la normalidad, necesitados de medicación” hay que oponer la singularidad del síntoma de cada uno, de aquello que nos hace diferentes y no por ello trastornados. Cuando el clasificar, como finalidad última, borra la escucha del malestar del sujeto, la clínica pierde toda razón de ser.

jueves, 23 de mayo de 2013

Los lenguajes de la nueva pobreza


El término mismo de “nueva pobreza” ya merece por sí mismo un comentario inicial. Hoy está de moda anteponer el  calificativo nuevo para designar un cambio respecto a lo antiguo. Y a veces es así pero muchas otras, lo que se ha dado en llamar el “paradigma 2.0” no hace sino enmascarar la lógica subyacente que repite más que inventa, aunque formalmente parece una novedad radical.

Por nueva pobreza parece entenderse el hecho de que amplios sectores sociales que hasta ahora disponían de recursos de subsistencia y de un bienestar material por encima del umbral de la pobreza, ahora han  cruzado esa frontera y son calificados como pobres.  En cierto modo es así, estadísticamente hoy hay en España y en Catalunya más personas que hace una década en situación de pobreza.

Lo erróneo sería pensar que esto es una novedad, efecto de la crisis financiera y económica que se inició en el 2008.  Si tomamos la pobreza no como un estado, sino como un proceso comprenderemos que lo que está pasando ahora es más profundo y estructural que el efecto de una crisis cíclica. La pobreza surge como concepto codificado en la sociedad occidental y se fundamenta en un sistema económico, el capitalismo y en una filosofía propia como es el individualismo.

Tradicionalmente la pobreza marcaba la frontera norte-sur y constataba cómo unas sociedades despojaban a otras de sus propios medios de supervivencia dejándolas en una situación de precariedad y empobrecimiento material, social y personal. Hoy la globalización ha trasladado esa frontera al interior mismo de cada sociedad, incluida por supuesto la nuestra. A los sectores más vulnerables, ligados a la inmigración, hoy se suman otra población autóctona que ha perdido los recursos de subsistencia ligados al trabajo asalariado.

Este proceso de desposesión forma parte del “nuevo orden mundial” basado en una desigualdad creciente y en una explotación, por parte de las elites,  cada vez más abusiva. Por eso los informes de las instituciones financieras (FMI, OCDE) sobre la pobreza son verdaderos ejercicios de hipocresía y cinismo ya que todo el mundo sabe que para mantener el estilo de vida, promovido en las últimas décadas, y la excelencia de las compañías y el beneficio de sus accionistas, la pobreza de una parte –cada vez mayor- de la sociedad es necesaria.

Una de las ventajas de la crisis es que hace más legible lo social, marcado por las excrecencias del sistema capitalista y los excesos de su des-regulación.

Si no pensamos la pobreza en esta lógica, articulada a las derivas del capitalismo especulativo, lo que Sennett llama el “nuevo capitalismo”, caeremos en la tentación de considerarla como una calamidad o una enfermedad, algo inevitable y connotado muy negativamente. Este discurso de la pobreza como una disfunción social que habría que corregir con medidas asistenciales caracteriza a la pobreza como un estado individual, definida por una  carencia material y en cierto modo natural en algunos sectores considerados marginales y desvalorizados en cuanto a sus posibilidades de mejora.

Baste un ejemplo en los eufemismos con que hoy se nombra ese real: la administración se refiere a los sujetos que recogen comida en los contenedores como “sujetos con dinámica de recuperación de alimentos” o a los chatarreros de toda la vida como “sujetos con dinámica de recuperación de materiales desechables” o a las personas que van de un domicilio a otro, por deshaucio o impago, como "sujetos con inestabilidad domiciliaria". Estos ejemplos, a los que se podrían añadir muchos más, muestran las dificultades de una sociedad para hacerse cargo de sus propios desechos, de eso que ella produce en su back door como residuo no reciclable por un sistema que, como el mismo Sennett definió en una visita a Barcelona, “se ha vuelto hostil a la vida” y que ya Jacques Lacan describió como contrario al amor por el hecho de que no deja ningún margen para la falta, que todo en él –incluidos los residuos y las personas como objetos consumibles- aparecen como reciclados en una entropía voraz e infinita.

Es un hecho que en todas las culturas ha habido personas incapaces de ocuparse de sí mismas y que por ello han necesitado de una tutela efectiva por parte de la familia o el estado. Pero las personas a las que hoy incluimos en esta categoría de “nueva pobreza” no son inválidas social o personalmente.

Son personas que tienen capacidades suficientes para responsabilizarse de sí mismos pero se han visto despojados de los medios necesarios: en primer lugar el trabajo y después, en muchos casos, la vivienda. En ese sentido, cualquier respuesta que no incluya la restitución de la utilidad social del trabajo y/o de la ocupación activa será solo una solución eventual y falsa.


Extracto de la conferencia impartida en el Seminari sobre l'atenció a la nova pobresa, organizado por la UOC, INSERCOOP con la colaboración de la Fundació Catalunya-La Pedrera