jueves, 5 de mayo de 2011

¿Desde cuándo sólo vale ganar?

LA VANGUARDIA, Tendencias / Domingo, 1 de mayo de 2011

José R. Ubieto. Psicólogo clínico y Psicoanalista

La época actual hace ya tiempo que ha impuesto un nuevo lenguaje donde los términos ganar y perder aparecen en primer lugar como palabras clave para definir los objetivos y “valores” de los sujetos.

Obtener resultados por encima de cualquier otro valor, ético o estético, es una exigencia, un imperativo que nos indica cómo la satisfacción está estrechamente ligada al consumo de bienes y objetos. El dinero es el patrón, por supuesto, pero no es lo único a ganar, aunque sea su referencia principal.

Ese afán de consumo y acceso a la propiedad se interioriza desde la infancia y contamina la realidad que nos circunda: el ocio, el deporte, el rendimiento académico, la sexualidad y las relaciones sociales. El deporte, y sobre todo el fútbol como “deporte rey”, es el escenario privilegiado donde el espíritu resultadista brilla más. No sólo por la cantidad de focos que lo iluminan sino porque las grandes celebraciones deportivas son hoy algo más que un deporte, son sobre todo un espectáculo con todos los ingredientes de la vida humana: desafío, pasión colectiva, erótica de los cuerpos musculados, violencia ritualizada e idolatría del triunfo y del héroe.

Nada queda libre ya de esa contabilidad del goce al que aspiramos y que siempre nos parece menos del que podríamos “ganar” si fuésemos algo más eficaces. Nuestra productividad nos devuelve una imagen poco eficiente de nosotros mismos, una imagen que siempre deberíamos mejorar gracias, sobre todo, a la tecnología, empezando por la que se ocupa de la imagen corporal.

¿Qué hay de malo o patológico en este afán de ganar? ¿No es acaso el estímulo de la competición lo que permite dar lo mejor de nosotros mismos, sin menoscabo del rival ni de las reglas de juego? El problema es cuando aislamos el término ganar del resto de palabras y queda como una justificación en sí misma, sin otra referencia: ganar, ganar, ganar. Ese término funciona entonces como un imperativo ante el cual toda acción queda justificada porque es un mandato sin piedad: ¡ganad, malditos!

¿Qué otra cosa podemos contar, entonces, sino los indicadores de esa ganancia? Ganar o perder –parece que no hay otras variables- en una secuencia ininterrumpida, son acciones cada vez más silenciosas, aunque paradójicamente resulten ruidosas en algunos casos por las celebraciones colectivas. Apenas hay épica de los héroes porque la prisa anula cualquier significado y deja sólo el resultado.

Ganar es el paradigma de nuestra época y por ellos sus adalides son admirados y vitoreados, con la misma pasión que vilipendiados cuando pierden. El héroe actual, objeto de admiración por unos y otros, parece ser aquel que muestra sin tapujos, sin vergüenza alguna, la voluntad de ganar.

Ese impudor, que algunos maquillan como si se tratase de un cálculo estratégico, ocupa ya un lugar central en nuestra civilización. Pero lo cierto es que de esas “hazañas” y de sus protagonistas sólo queda el resultado, una cifra muda sin significación alguna a transmitir.

miércoles, 23 de marzo de 2011

¿Puede el miedo paralizar una sociedad?

LA VANGUARDIA, Tendencias. Miercóles 23 de marzo de 2011

José R. Ubieto. Psicólogo clínico y psicoanalista

El miedo es un sentimiento que aparece agudizado, como telón de fondo, en épocas de crisis. Nos habla de la percepción de inseguridad que tienen los sujetos respecto a cuestiones básicas: el trabajo, la vivienda, la subsistencia, el lazo social.

Pero el miedo es ya una consecuencia, la respuesta a un hecho previo como es el declive de la confianza. Cuando el umbral de desconfianza es alto, aparece el pánico y el sujeto tiende a paralizarse y hace suyos más fácilmente –para salir del desconcierto- discursos “protectores” que sitúan la culpa de lo que ocurre, de esa incertidumbre personal y colectiva, en un otro definido de manera clara por ese discurso: gobierno, inmigrante, país extranjero, colectivo social…

Lo que hasta entonces era una promesa de bienestar, ahora truncado, se convierte en un temor social, inicialmente difuso, que deviene caldo de cultivo de las políticas del miedo. Políticas que se implementan magnificando los problemas para justificar las soluciones más radicales, generalmente de carácter excluyente. El beneficio psicológico inmediato que proporcionan estos discursos es que nombran ese miedo, le ponen un rostro al agente causal y, al darle además un carácter colectivo, ahorran a cada uno la pregunta por su responsabilidad personal en esa crisis.

Es en estas coyunturas de precariedad donde los liderazgos políticos, sociales o religiosos tienen la ocasión de contribuir a recuperar esa confianza, base de la affectio societatis, o bien rentabilizar ese miedo en beneficio propio.

Para lo primero conviene, más que alimentar los prejuicios y el odio de cada cual, aceptar los propios límites, no como insuficiencia o impotencia, sino como el punto de partida para establecer un vínculo productivo. Freud decía que gobernar –como curar y educar- son tareas “imposibles”, aludiendo al hecho que ninguna de ellas dispone de un manual de instrucciones ni es completamente previsible.

Así, un líder aferrado a una certeza sin fisuras e incapaz de asumir las dificultades propias y las de sus gobernados o seguidores, difícilmente será “autoridad” (auctor) con capacidad de invención y resolución de los problemas, especialmente en una situación en la que el miedo puede ser el resorte de la parálisis propia y/o de la segregación del otro.

¿Puede el miedo paralizar una sociedad?

LA VANGUARDIA, Tendencias. Miercóles 23 de marzo de 2011

José R. Ubieto. Psicólogo clínico y psicoanalista

El miedo es un sentimiento que aparece agudizado, como telón de fondo, en épocas de crisis. Nos habla de la percepción de inseguridad que tienen los sujetos respecto a cuestiones básicas: el trabajo, la vivienda, la subsistencia, el lazo social.

Pero el miedo es ya una consecuencia, la respuesta a un hecho previo como es el declive de la confianza. Cuando el umbral de desconfianza es alto, aparece el pánico y el sujeto tiende a paralizarse y hace suyos más fácilmente –para salir del desconcierto- discursos “protectores” que sitúan la culpa de lo que ocurre, de esa incertidumbre personal y colectiva, en un otro definido de manera clara por ese discurso: gobierno, inmigrante, país extranjero, colectivo social…

Lo que hasta entonces era una promesa de bienestar, ahora truncado, se convierte en un temor social, inicialmente difuso, que deviene caldo de cultivo de las políticas del miedo. Políticas que se implementan magnificando los problemas para justificar las soluciones más radicales, generalmente de carácter excluyente. El beneficio psicológico inmediato que proporcionan estos discursos es que nombran ese miedo, le ponen un rostro al agente causal y, al darle además un carácter colectivo, ahorran a cada uno la pregunta por su responsabilidad personal en esa crisis.

Es en estas coyunturas de precariedad donde los liderazgos políticos, sociales o religiosos tienen la ocasión de contribuir a recuperar esa confianza, base de la affectio societatis, o bien rentabilizar ese miedo en beneficio propio.

Para lo primero conviene, más que alimentar los prejuicios y el odio de cada cual, aceptar los propios límites, no como insuficiencia o impotencia, sino como el punto de partida para establecer un vínculo productivo. Freud decía que gobernar –como curar y educar- son tareas “imposibles”, aludiendo al hecho que ninguna de ellas dispone de un manual de instrucciones ni es completamente previsible.

Así, un líder aferrado a una certeza sin fisuras e incapaz de asumir las dificultades propias y las de sus gobernados o seguidores, difícilmente será “autoridad” (auctor) con capacidad de invención y resolución de los problemas, especialmente en una situación en la que el miedo puede ser el resorte de la parálisis propia y/o de la segregación del otro.

sábado, 22 de enero de 2011

¿Qué empuja a un sujeto a inmolarse?

LA VANGUARDIA, Tendencias / Sábado, 22 de enero de 2010

José R. Ubieto. Psicólogo clínico y psicoanalista

En las últimas semanas estamos asistiendo a una serie de hechos dramáticos, vinculados a jóvenes que se queman a lo bonzo en lugares públicos. Uno de los primeros casos fue el del joven tunecino que desató la ira de la población y contribuyó a la revuelta actual en el país árabe.

Son respuestas del sujeto extremas, la mayoría terminan con su vida o con secuelas graves. ¿Cómo entenderlas? La primera prevención es percatarse que si bien el fenómeno es el mismo en todos los casos, no así las causas que siempre son particulares.

Freud nos dio una pista muy útil para leer estas conductas al distinguir entre condiciones y causa. Las primeras son comunes a todos los que comparten una comunidad (familia, país, civilización) puesto que todos están condicionados por ellas, sean razones económicas, sociales, culturales o familiares. Por supuesto cada uno las subjetivara de manera diferente y les dará su propia interpretación: unos las tomaran como motivos para resignarse, para obedecer o bien para rebelarse o superarlas. Esas condiciones no nos resultan, pues, indiferentes ya que son las cartas con las que jugamos la partida de nuestra vida.

Son condiciones necesarias pero insuficientes para explicar la respuesta individual. Hay que añadir la causa, que es siempre particular y específica para cada uno. Lo que nos causa, nuestras razones singulares, nos diferencian al contrario que las condiciones que nos colectivizan. El malestar que empuja a alguien a dar ese paso final queda completamente velado tras el acto, a veces imitativo y puesto en serie con los anteriores.

¿Qué mensaje envía cada joven inmolado y a qué Otro se lo envía? Eso tiene siempre algo de enigmático e incluso no podemos estar seguros que sea siempre un mensaje para el otro, muchas veces puede ser un quitarse de en medio, aunque sea en una escena pública y de manera espectacular. De hecho somos nosotros los que damos el sentido a esa acción y le otorgamos una significación precisa (denuncia política) que no siempre es tan clara en su origen.

Ejecutivos desechados por sustituibles, parados que pierden su vivienda, sujetos que se sienten burlados por su banco o dejados de lado por sus conciudadanos. Todos comparten un sentimiento de excluidos y su causa puede avivarse por el empuje de la precariedad o el adoctrinamiento. Los que eligen la inmolación añaden un matiz específico a su respuesta: su componente religioso, ya que la fe y la creencia están en juego en ese reducirse al polvo de las cenizas.

Un verdadero acto es siempre una precipitación, el franqueamiento de un límite sin que tengamos sus claves ni podamos anticipar sus consecuencias. Cuando ese acto alcanza su fin, como es el ejemplo de estos sacrificios vitales, nos muestra que el sujeto desaparece o bien porque ya no encuentra otra salida a su impasse o bien porque elige dar un sentido ejemplar a su vida.

Por eso si bien las causas no son prevenibles, ya que siempre nos remiten a la elección y libertad de cada uno, las condiciones de vida pueden modificarse en el sentido de resultar más acogedoras y menos segregadoras. Las conductas extremas, sean heteroagresivas o autoagresivas, siempre testimonian de la fragilidad del lazo con el otro y evocan que cuando el sujeto se siente abandonado, engañado o huérfano de sentido, el pasaje al acto, incluso a costa de su vida, deviene su protesta final.

miércoles, 19 de enero de 2011

¿Cómo recuperar la confianza?

José R. Ubieto. Psicólogo clínico y psicoanalista


La confianza es un elemento clave sin el cual la convivencia se resiente gravemente y aparece la desafección, la indiferencia o directamente la hostilidad ante las propuestas del otro. Hoy funciona más bien como un activo toxico y lo que debería ser un bien social aparece como un elemento nocivo al perder todas sus garantías. Lo vemos en el campo de las finanzas pero también en el político, en la religión e incluso en los llamados sistemas expertos: docentes, médicos, científicos.

La confianza se genera a partir de una suposición de saber, le suponemos al otro (financiero, político, clínico, maestro) un saber sobre aquel ámbito en que le confiamos algo (ahorros, gobierno, salud, educación) y eso produce una cierta obediencia y creencia en sus indicaciones. Hoy nos volvemos más incrédulos y aceptamos cierto cinismo como la salida normal: puesto que no hay nada rescatable en el vínculo al otro, sólo nos queda la búsqueda individual de nuestra satisfacción, y para ello no nos faltan objetos: gadgets, tóxicos, comida..Las reivindicaciones, en nombre del derecho a consumir como derecho “básico” de nuestras vidas de consumo (Bauman) y en tono de exigencia e incluso con violencia en algunos lugares (escuelas, hospitales), muestran la deriva de esa desconfianza.

El origen de esta pérdida es antiguo: desde el mismo programa de la Ilustración, que aupaba el individuo a la cima, pasando por la fe ciega de algunos en las promesas de la ciencia y la técnica, como soluciones pret-a-porter y globales, hasta las acciones actuales de los diversos actores políticos, económicos o profesionales, que han contribuido a ello.

¿Cómo recuperar esa confianza, base de la affectio societatis? No será tarea fácil contrariar esa inercia pero seguramente el primer paso sería asumir los propios límites, no como insuficiencia o impotencia, sino como el punto de partida para establecer un lazo. Y al tiempo reconocer en el otro aquello que es también el signo de una falta. Un maestro o un médico, incapaces de admitir sus limitaciones –curar, educar y gobernar son tareas imposibles, decía Freud- devienen por ello incapaces de entender la dificultad o el sufrimiento del otro y así difícilmente serán “autoridades” (auctores) con capacidad de invención y resolución de los problemas. Lo mismo podríamos pensar de un político o un líder religioso, aferrados a una certeza sin fisuras e incapaces de acoger las precariedades de sus gobernados o seguidores.

Una segunda vía nos la ofrecía el filosofo Rorty cuando proponía una conversación permanente, en el lugar de esa Verdad que ya no existe, sobre los valores e ideas, que implique la presencia del otro y que se oriente a señalar salidas individuales y colectivas. Hoy nos fascinamos por las imágenes y nos olvidamos que son las ideas-fuerza las que mueven el mundo. Las conversaciones que mantenemos, bajo el modelo de las redes sociales, son conversaciones donde parece que hablamos con el otro cuando en realidad lo hacemos con nosotros mismos, como si la pantalla fuera el reflejo de nuestra propia imagen, convenientemente “retocada”.

La autoridad, de cuya pérdida nos lamentamos, no es sino otro nombre de esa confianza en el lazo social que requiere, para su génesis, de nuestra implicación como ciudadanos, padres, profesionales o lideres.

jueves, 16 de diciembre de 2010

¿Que desencadena una conducta extrema?

LA VANGUARDIA, Vivir / Jueves, 16 de diciembre de 2010
Cuadruple asesinato en Olot

José R. Ubieto. Psicólogo clínico y psicoanalista

Las crisis, de todo tipo, confrontan a cada uno con sus límites ya que siempre implican algún tipo de pérdida, ruptura o incertidumbre. Puede tratarse de una separación de pareja, la muerte de un familiar, la ruina económica o una enfermedad grave.

Ponen de manifiesto lo que es soportable, para el sujeto, de esa nueva realidad y las maneras que encuentra para recomponer su mundo. Las respuestas son, por tanto, muy diversas pero siempre relacionadas con sus antecedentes vitales, su biografía y sus vivencias.
En muchos casos conocemos detalles, con posterioridad al suceso, que nos hablan de conductas, ya existentes anteriormente, y que a veces pasaban desapercibidas -por su carácter discreto- o bien por eran consideradas por sus conocidos como "raras" pero carentes de rasgos violentos. Sabemos que junto a estas conductas o creencias manifiestas, presentes en su vida cotidiana, también hay certezas (a veces delirantes) o fantasías latentes no actuadas y reservadas para su intimidad.

La coyuntura de una crisis económica, como la actual, exacerba algunas de estas respuestas violentas ya que expone a muchos sujetos a una vulnerabilidad extrema por la pérdida de su trabajo, sus recursos económicos o el desahucio de su vivienda.

Cuando los signos del Otro (familia, empresa o comunidad) son vividos como rechazo o exclusión: sin trabajo, sin comida, sin vivienda.., el sentimiento de la vida se torna tan precario que en algunos casos extremos asociados a una fragilidad personal previa, puede empujar alguien al suicidio o la agresión mortal hacia aquel que identifica como el culpable de esa perdida. En otros muchos, la mayoría, la desesperación no se traduce en actos violentos pero sí en situaciones de malestar subjetivo que pueden incluir afectos depresivos, síntomas corporales o dificultades importantes en la convivencia familiar o social.

domingo, 7 de noviembre de 2010

¿Qué esperamos de los jóvenes?

LA VANGUARDIA - Tendencias. Domingo, 7 noviembre 2010

José R. Ubieto. Psicólogo clínico y Psicoanalista


La presencia de los jóvenes en los medios de comunicación aparece, frecuentemente, connotada negativamente. Nos enteramos de los actos vandálicos que protagonizan, de los consumos a los que se aficionan, de su fracaso escolar o del escaso interés que tienen por ganarse la vida trabajando. Escasamente conocemos sus “otras” ocupaciones, más ligadas a su rendimiento escolar, sus invenciones artísticas o sus preocupaciones sociales.

Además resulta sintomático que hablamos de los jóvenes, como si fueran un cuerpo social homogéneo con intereses comunes y con estilos de vida compartidos, fácilmente etiquetables (ni-ni, antisistema,..). Este recurso simplista nunca nos lo permitiríamos respecto a los adultos, tercera edad, mujeres,..

Esta percepción de los jóvenes como conflictivos no tiene nada de novedoso. Conocemos la opinión de clásicos como Platón que hablaba, en su República, de los “jóvenes de hoy en día” y de las burlas que estos dedicaban a sus maestros, con el consentimiento de tutores, gobernantes y padres que hacían dejación de su autoridad. Caprichosos, volubles, sin capacidad de esfuerzo, faltos de respeto..Como ven, en la Grecia clásica las cosas ya cojeaban.

Seguramente la pregunta que nos conviene plantear, más allá de las emociones viscerales que nos producen o de los discursos morales que suscribimos, es otra: ¿Qué esperamos de esta generación? O dicho de otro modo ¿Qué lugar les reservamos, en el presente y en el futuro? No olvidemos que son ellos los que protagonizaran el futuro y se harán responsables de los retos de su época. Hanna Arendt nos recordaba que la educación debe ser conservadora pero tiene que introducir la novedad que cada generación aporta para que ese mundo viejo no caiga en la ruina.

Los jóvenes, aquí sí todos, son especialmente sensibles a ese lugar que les reservamos, a veces son hipersensibles a cualquier signo de desconfianza y nos lo reprochan cuando dudamos de su capacidad. Eso no debe hacernos retroceder ante determinadas sanciones o cortapisas cuando las creemos necesarias para su protección, pero ¿cómo imaginar un futuro sin una expectativa de incorporar esa novedad, a veces conflictiva por diferente, extraña, vacilante o incluso contradictoria?

Nosotros, los adultos, ¿sabemos que queremos de estos jóvenes? ¿Qué lugar les reservamos? Y si es así ¿Cómo preparamos ese futuro? ¿Queremos infantilizarlos para que nos devuelvan esa imagen de nosotros mismos eternamente jóvenes, y para ello los cubrimos de objetos (gadgets, cirugía estética, vestuario, coches) a nuestra medida? ¿Queremos usarlos como “consumibles” en un mercado laboral donde a los 40 años siguen siendo aprendices? ¿O los utilizamos como chivo expiatorio de nuestra propia crisis, del malestar y la impotencia que a veces sentimos por las cosas que no marchan en la familia, la economía o la convivencia?

Es bueno y necesario que les exijamos compromiso, esfuerzo, responsabilidad porque todo eso les será necesario, pero también es muy importante que sepamos que no habrá futuro sin ellos y que no podemos permitirnos el lujo de perder una generación por no ser capaces de incorporarlos a nuestra época, que también es la suya. Sería irónico que ni les hiciésemos propuestas razonables ni acogiésemos las suyas.

viernes, 29 de octubre de 2010

¿Cómo se orientan los adolescentes en la red?

LA VANGUARDIA, Tendencias / Viernes, 29 de octubre de 2010

José R. Ubieto. Psicólogo clínico y Psicoanalista

Cada día resulta más frecuente leer noticias, algunas dramáticas como el caso de la niña chantajeada en Facebook, sobre niños y adolescentes referidas a esos nuevos territorios que habitan, en este caso territorios virtuales: Internet, móviles,.. La comunidad virtual trasciende las fronteras de espacio y tiempo para reunir a adolescentes de manera frecuente a través de conversaciones permanentes (chats, foros, SMS), de competiciones (juegos online) o de formulas de encuentro (quedadas online).

Lo interesante es que cada vez más se cruzan los territorios, reales y virtuales, hasta el punto de cierta indistinción, ¿qué hay más real que las largas conversaciones por móvil o los cientos de sms compartidos? La calle y la pantalla se retroalimentan sobre todo a través de esas filmaciones que terminan en Youtube, el gran foro global.

Los jóvenes usan la tecnología como siempre hicimos con los objetos a nuestro alcance, con un doble objetivo. Por un lado, obtener una satisfacción autoerótica, ligada al propio cuerpo, y por otro propiciar la conexión al otro. Salvo excepciones patológicas (fenómenos adictivos o de reclusión) donde el uso es claramente autodestructivo, las nuevas tecnologías interactúan entre la soledad del internauta y el lazo social. Por eso hay espacios de franja entre ambas realidades como los locutorios, los juegos online de equipo, el uso de las webcams, las cadenas de mensaje, todos ellos lugares de cita.

Freud ya nos advertía, en “El malestar en la cultura”, que el hombre, con sus herramientas, ampliaba el poder de sus órganos, al tiempo que su capacidad de destrucción (armas). Las redes sociales -desde el viejo Messenger hasta los actuales Facebook o Twitter – ayudan también a atemperar la angustia de esa soledad del sujeto, a veces sin otra comunidad de pertenencia más sólida.

Nuestra experiencia en el proyecto de trabajo en red, Interxarxes, nos ha enseñado que toda red, además de la función de apoyo y sostén, puede ser también una trampa. La paradoja que revelan estas redes es que la liberación que prometían, al permitir la transparencia y la total exhibición, contiene también un lado oscuro. Ese “destape” no sólo está permitido sino que además deviene obligatorio y allí está la trampa. Es el caso de la nueva web justspotted.com donde los famosos están localizados en tiempo real gracias a los colaboradores voluntarios que los persiguen cámara en ristre en todo el mundo, como si llevasen un GPS injertado. Los stars aparecen “enjaulados” en un mapamundi virtual y a expensas de quien quiera seguirlos.

Nos imaginábamos viviendo en la era de la imagen pero quizás deberíamos pensar que lo hacemos en la era de la mirada, donde a veces gozamos con ella pero otras, cuando somos mirados, nos inquieta porque nos sobrepasa. Parece, como señala el psicoanalista francés Gérard Wajcman, el régimen de “El ojo absoluto”

Fenómenos como el sexting (envío de fotos privadas de carácter erótico), el ciberbullying (acoso e intimidación) o la paidofilia online, muestran como esa realidad necesita crear su propia regulación. Los niños y adolescentes son los más vulnerables frente a las novedades de esta realidad virtual y es por eso que conviene ayudarles en el manejo de esos nuevos objetos, no en el uso técnico, donde ellos rápidamente encuentran la clave, pero si en el cálculo que conviene hacer de sus consecuencias, presentes y fururas.

viernes, 15 de octubre de 2010

¿Vamos hacia un modelo de “tratamiento único” del malestar psíquico?

Publicado en Revista del COPC nº 226, Octubre/Novembre 2010, pp. 9-13

José R. Ubieto

Si tomamos como referencia la serie de guías de práctica clínica (GPC), editadas por los organismos oficiales, sobre las diferentes patologías mentales así como recientes documentos en el ámbito catalán (psicoterapia en la red pública, programas de soporte a la atención primaria) parece dibujarse un horizonte claramente tendiente al tratamiento único basado en la combinación de psicoeducación (enfoques cognitivo-conductuales) y psicofármacos, excluyendo todos los otros tratamientos posibles (psicoanalítico, psicodinámico, sistémico,..).

Es, por tanto, una buena ocasión para suscitar un debate abierto, dentro de las reglas de la disputatio cortes, en estas mismas páginas y en el ámbito colegial del CGCOP de España. Un debate acerca del futuro de la psicología que defina si optamos por mantener la pluralidad de enfoques como reconocimiento de la diversidad de tratamientos válidos del malestar psíquico y como opción democrática de los propios sujetos a elegir el tratamiento que desean, o bien aceptamos ese reduccionismo del tratamiento único.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Hay que recordar que en la tradición psi, la cohabitación pacífica de los diferentes abordajes ha sido la norma. Es desde hace algunos años que desde algunos departamentos universitarios, con la complicidad de la industria farmacéutica (financiadora de muchos cursos y proyectos) y de algunos gestores públicos, animados todos por la supuesta “rentabilidad”, que se promueve esta unicidad del tratamiento.

LEER ARTICULO COMPLETO: http://www.copc.cat/images/revista/Revistaoctubrenovembre.pdf


miércoles, 13 de octubre de 2010

MADRE Y MUJER *


José R. Ubieto

¿Existe el instinto maternal?

A juzgar por las “imágenes y símbolos de la mujer” (Lacan) pareciera que en ciertos sectores ideológicos los lazos biológicos siguen siendo sagrados y la reducción de la mujer a la madre un destino universal de la sexualidad femenina. Sin embargo es un hecho que para las mujeres, hoy la relación con la maternidad y con los hombres no se presenta igual: la significación fálica, el valor libidinal de sus bienes, hijos incluidos, ha cambiado. Lo cual no excluye las paradojas y contradicciones, como sucede con el ideal de mujer independiente, madre tardía, y el notable aumento, a su vez, de los embarazos adolescentes. O su incidencia en las formas en que se plantean la propia maternidad: ¿sola o en pareja?

La maternidad es más bien una elección subjetiva, respuesta posible, entre otras, para la mujer en relación a un deseo. Y si es una respuesta es porque hay una falta, algo que interroga el ser femenino y el niño vendría a colmar esa falta, a dar una respuesta a esa pregunta tan freudiana ¿qué quiere una mujer?

Para Freud, el deseo de falo es lo que conduce a la mujer a la búsqueda del hijo y si la mujer acepta la ley de prohibición del incesto, habrá una falla necesaria en el narcisismo, lo que hará posible la sustitución de falo por hijo. Lacan parte, en cambio, del goce y allí no hay un (-) sino un (+) como plus de gozar e insiste en la maternidad como falsa salida e incluso –dice- como patología, si de lo que se trata, con ella, es esquivar el no tener deviniendo madre por no poder ser mujer. De esta manera, la maternidad se vuelve una forma de suplencia a La Mujer que no existe y funciona como tapón del no-toda.

Madres e hijas: el estrago

¿De qué resto se trata, entonces, si la maternidad mantiene esa insatisfacción en relación a lo femenino? Freud abordó ya esta cuestión en términos de "odio de la madre", fuente del sentimiento de persecución en la niña. Es un reproche en clave fálica pero Lacan será más radical y esta hostilidad de la niña va a ser la fuente del estrago en la relación madre-hija, versión femenina del síntoma.

El estrago no es un asunto de madres malvadas, sino de hacer de lo imposible de esa armonía sexual algo insoportable, que adquiere estatuto patológico cuando funciona como mecanismo regresivo cada vez que surge una vacilación ante la asunción de la posición femenina (ruptura amorosa, fracaso profesional, maternidad). Es allí que surge la tentación de hacer del goce suplementario (femenino) un goce complementario que privilegia el objeto único, en su condición de fetiche. No es por tanto un síntoma a curar sino un hecho de estructura que pone de manifiesto que la sustancia (esencia) femenina no es transmisible.

El fundamento del estrago es la insatisfacción, y estamos entonces en el terreno del goce, allí donde ubicamos la dimensión del odio. Consiste en una fijación a la ligazón-madre preedípica, figura maternal todopoderosa, y a eso se refiere Lacan con lo que llama esperar subsistencia de la madre, es decir, no soltarse de esa posición. No abandonar la ligazón-madre es quedar condenada a la decepción y la hostilidad.

Como el marido hereda esas malas relaciones, encontramos aquí otra forma del estrago cuando la mujer accede a ocupar el lugar de objeto del fantasma del partener-estrago sin “limites a las concesiones que una mujer puede hacer por un hombre”. Este sacrificio de la mujer tiene sin duda un beneficio identitario claro que la hace además única para su partner (es el drama que escuchamos en muchas mujeres maltratadas). Esa exigencia de ser amada como la única, infinitiza la espera de un signo de amor que nunca llega y que a veces desemboca en lo peor. Aquí el ser amada anula su castración, su soledad en el goce femenino.

Así como no es posible construir un universal de las mujeres, tampoco es posible determinar cómo ser madre. Una por una, cada mujer se sitúa frente a la maternidad por la aceptación o por el rechazo ; como madre del deber o del deseo dentro del régimen fálico; por su amor o por su odio; desde una posición masculina o femenina.

*Resumen de la conferencia dictada por el autor el 4 de Diciembre de 2010 en el Ciclo "Las mujeres y el psicoanálisis" organizado en Madrid por el NUCEP

martes, 5 de octubre de 2010

¿Qué significa hoy ser rebelde?

LA VANGUARDIA, Tendencias / Lunes, 4 de octubre de 2010

José R. Ubieto. Psicólogo clínico y Psicoanalista


Cada generación tiene su propia “marca biográfica”, ese hecho colectivo que está presente en buena parte de su vida, sea una guerra, una postguerra, la caída de una dictadura una catástrofe natural o un atentado terrorista. Cada uno luego deberá hacerlo suyo y vivir con eso, con respuestas diversas, desde la resignación hasta el afrontamiento.

La generación de nuestros jóvenes y adolescentes tiene como particularidad haber nacido y vivido en el bienestar, sin conocer, hasta hace poco, privación alguna (excepciones aparte). Junto a ello comparten el hecho digital como acontecimiento global que ha marcado y marcara su vida.

Su futuro ya es otra cosa porque todo indica que los pronósticos de los sociólogos van camino de cumplirse: será la primera generación que vivirá peor que sus padres, con mayor precariedad (laboral, vivienda,..).

Y además esa promesa del Don’t worry, be happy se ensombrece con los desafíos existentes, sostenibilidad, guerras, convivencia social,..Allí tienen sus causas y por eso la rebeldía que muchos de ellos muestran es legítima y necesaria para la sociedad, la mantiene viva y fuerza el debate sobre aquello instituido que tiende a la inercia. A esa rebeldía se suma la propia de la edad, esa que contribuye a la emancipación.

La cuestión hoy son las formas que toma esa rebeldía, los canales que encuentra para manifestarse. Tradicionalmente las vías estaban abiertas por las generaciones anteriores y los jóvenes se sumaban a ellas con su propio estilo. Vías políticas, religiosas, culturales o incluso deportivas. Hoy esas referencias intergeneracionales han perdido buena parte de su peso, ni siquiera los partidos políticos mas afines son capaces de acoger esas manifestaciones que los desbordan.

Esa ruptura con la historia provoca efectos nuevos y uno de ellos es el abandono a sí mismos en que se encuentran estos movimientos, que huérfanos de otras referencias, se acogen al prefijo anti como bandera colectiva. La psicología de las masas nos enseña que estar en contra de algo o de alguien es un principio de la constitución de un movimiento, y de entrada puede ser muy productivo (lo vemos en la política misma, en extrañas alianzas), pero es claramente insuficiente para construir un futuro. Y lo peor es que ese ideal ausente cede el lugar de mando a la satisfacción de la destrucción del otro o de los objetos, ese goce que parece formar una comunidad que corre el riesgo de no tener otro lazo que la expresión de ese odio colectivo.

No es casual que bajo esa bandera encontremos figuras tan diferentes como los jóvenes bienintencionados que denuncian las injusticias del sistema y junto a ellos toda una panoplia de personajes muy precarios, desinsertados de sus vínculos familiares, laborales y sostenidos muchas veces por consumos de tóxicos. Sin olvidar a los que hacen ganancia del rio revuelto y usan en su propio beneficio la protesta.

Criminalizarlos y homogeneizar las respuestas sólo generará más violencia y segregación. Tampoco parece que abandonarlos a su propia destrucción, dejarlos impunes a ese odio de sí mismos, odio por lo que a cada uno le resulta insoportable de su propia existencia, sea una buena salida.

Podemos, en cambio, aprender de la experiencia clínica y educativa que nos muestra como esos jóvenes rebeldes son los primeros interesados en encontrar un partener adulto para construir ese futuro que les inquieta. Dar lugar a su rebeldía y limitar los efectos destructivos no deben ser excluyentes.

lunes, 27 de septiembre de 2010

¿Cómo se alimenta el odio colectivo?

LA VANGUARDIA - Tendencias, Lunes 27 de setiembre de 2010

José R. Ubieto. Psicólogo clínico y psicoanalista

Los planes del pastor estadounidense Terry Jones para quemar el Corán han tenido un inusitado eco, tanto mediático como social y político. Más allá de los aspectos anecdóticos de este asunto, vale la pena preguntarse por su trasfondo: ¿cómo es posible que un personaje, con tan escasa incidencia social, recabe tanta atención por un gesto así?

Se trata, sin duda, de un gesto que resuena en millones de sujetos y que convoca sentimientos tan profundos como el odio, con la coyuntura añadida de la conmemoración de una tragedia (11 S) que conmovió los cimientos de nuestra civilización occidental.

Freud señalaba que “...toda religión aunque se denomine religión de amor, ha de ser dura y sin amor para con todos aquellos que no pertenezcan a ella. En el fondo, toda religión es una religión de amor para sus fieles y, en cambio cruel e intolerable para aquellos que no la reconocen Destaca aquí, sin nombrarlo todavía, lo que luego denominará como pulsión de muerte, la pulsión más allá del principio del placer que encuentra en la destrucción (propia o del otro) un goce oculto, un sacrificio a los dioses oscuros en nombre de la conciencia moral del superyó.

Ese sacrificio cruel encuentra en lo colectivo un acicate para su realización y su idealización. Para Freud las formaciones religiosas son el prototipo más claro de toda "puesta en masa", de toda masificación. Podemos encontrar una constante religiosa bajo toda formación social y el elemento común es el amor hacia el líder que, en los grupos fundamentalistas, encarna ese ideal de manera absoluta.

El escritor y premio Nobel húngaro Imre Kertesz, sobreviviente de Auschwitz y Buchenwald comentaba una frase de uno de sus personajes literarios: “las palabras padre y Auschwitz producen en mí las mismas resonancias” indicando que se trata de una experiencia personal y de una experiencia generalizable a su generación y a su contexto centroeuropeo. El culto al padre, como premisa esencial de la educación, con su correlato de obediencia, acatamiento sin reservas, respeto extremo sin apelar a ningún fundamento racional, creó un hábito de sumisión que facilito la deportación de muchas personas en su país. Esa sería la otra cara del padre, la del goce sacrifical, que hace que un sujeto actúe al margen de su deseo particular y sin sentirse responsable directo de sus actos ya que estos se realizan en nombre de su dios particular y al amparo de lo colectivo.

Es verdad que al mismo tiempo Eros se hace presente de múltiples maneras y, en nombre del Padre, protege a los desvalidos (ONG’s, cooperación internacional). Vemos aquí una deriva sublimada que crea vínculos, en lugar de destruirlos, donde el Ideal religioso de ayuda se muestra en la caridad y en la convivencia. Esto muestra que el Padre, como todo Ideal, tiene una faceta pacificante, reguladora de lo pulsional, pero también esconde un más allá que se sustenta en Tánatos.

Por eso Lacan puede hablar, y nosotros lo comprobamos en la clínica y en la vida cotidiana, de los contragolpes agresivos de la caridad. Basta que alguien se muestre desagradecido con nuestra ayuda para que, si desconocemos esa otra cara, le mostremos la agresividad más directa. El límite entre la ayuda y el dominio del otro a veces es muy sutil. El hombre se hizo sociable para no matarse pero al hacerlo inventó nuevas formas del asesinato.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Buenos días Paternidad

Buenos días Paternidad


En una interesante conferencia de Jacques Alain Miller sobre los enigmas de los masculino, publicada en Colofón nº 14 (pgs. 34-41) bajo el título “Buenos días Sabiduría”, comenta la referencia que Lacan hace, al final del Seminario IV sobre el declive de lo viril.

Lacan toma al pequeño Hans como el paradigma de un tipo de relación sexual (de legalidad heterosexual pero de dudosa legitimidad) que empieza a ser dominante al final de la segunda guerra mundial. Es una época –bautizada por Kojève- del saber absoluto, correlativa al declive de lo viril, incluso a su desaparición. Las referencias de Kojève a las novelas de Françoise Sagan (Bonjour tristesse y Un certain sourire) refuerzan este pronóstico de “Adiós al macho”.

Desaparición que no traduce otra cosa sino el empuje a la igualdad de los sexos, al todos lo mismo de la pujante democracia americana. Lacan ya nos había advertido en 1938 (“Los complejos familiares”) del declive de la imago social del padre y ahora se completa este análisis con las consecuencias de este declive: la crisis del hombre, del que apenas quedan restos. Miller señala la homología de este fórmula con la de La mujer no existe.

Tras una interesante disertación sobre el dandismo y su gran representante, Georges Brumell, Miller concluye su conferencia señalando las similitudes de este personaje heroico con el analista que también es amo de su palabra, de su ser y de su apariencia. Y que, como hacía Brumell, causa y hace temblar a los semblantes. Su diferencia es que su condición heroica sólo lo es por su estatuto de objeto a, desecho del destino, condición que se alcanza al término de cada cura. No es esta una postura que se apoye en la identificación, sino más bien en su destitución subjetiva.


La nueva paternidad

El rasgo de ese nuevo mundo que anuncia Kojève es la uniformización, “el camino de lo homogéneo” y en ese camino parece se sitúan muchos de los semblantes masculinos que se proponen ya entrado el nuevo Siglo XXI.

Si hay un significante amo para configurar esa nueva masculinidad es el de la igualdad hombre – mujer como referencia clave. ¿Cómo caminar entonces hacia ese horizonte uniforme? Una buena solución es la de la paternidad, una nueva paternidad que se ofrece como el buque insignia de las transformaciones de la masculinidad. Se trata de una paternidad igualitaria, distinta de la tradicional, que logre el ideal de padre perfecto: aceptado por las madres, la sociedad y congruente con las aspiraciones laborales que dejan de ser protagonistas para ceder su lugar a las debilidades sentimentales y la gestión de las emociones como clave del buen desarrollo de sus hijos.

Un reciente estudio Los Hombres Jóvenes y la Paternidad dirigido por Inés Alberdi (una de las referencias españolas en sociología de la familia) y publicado por la Fundación BBVA (Bilbao, 2007) nos muestra como estos “Hombres al sol”, inútiles sin su ocupación profesional, se rehabilitan en el trabajo domestico y la crianza. Es un experiencia emocional, nueva y deseada, un antes y un después en su ser personas. Supone una feminización de lo masculino pensada como un avance social: el padre deviene un proveedor de afectos, al estilo de las madres antiguas. Y de paso implica un beneficio vital para el hombre ya que, en el régimen de la adolescencia generalizada, la paternidad –con el compromiso por el hijo- es hoy un rito de paso entre juventud y madurez, de mayor alcance que la vida en pareja o la simple emancipación.

La buena paternidad masculina se presenta como la solución a la inexistencia de la relación sexual ya que aquí sí hay una armonía (libre de violencia y competencia) que contrarresta la desigualdad de género. Este “Hombre nuevo” hará el duelo por la pérdida de la autoridad tradicional y obtendrá su nueva ganancia a través de los afectos y el cuidado de los hijos. La afectividad como expectativa dominante de la paternidad sostenible, es la clave de bóveda de este nuevo semblante y el príncipe Felipe sería uno de los símbolos de esta nueva paternidad.

“Compartir el polvo” fue el lema exitoso mediáticamente, de la campaña de igualdad que en 1998 promovió la Diputación provincial de Córdoba. Un buen ejemplo para captar que no se trata, para el varón, de hacer de la mujer un objeto causa, sino más bien de compartir esa escena fantasmática, donde los afectos y las imágenes velan las paradojas pulsionales. Una de ellas, p.e., es la curiosa relación que encontramos hoy entre las tasas de violencia de género y las tasas de igualdad de los sexos, paradoja especialmente destacable en los países nórdicos, los más avanzados en ese “camino de lo homogéneo”.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Psicoanàlisi, ciències i arts: confluències vers la complexitat del subjecte


https://sites.google.com/site/psicoanalisissigloxxi/


“Psicoanàlisi, ciències i arts: confluències vers la complexitat del subjecte”
Barcelona, 16 d’octubre de 2010.
10 – 14 h.

Auditori Casa del Mar c/Albareda 1-13


Des dels seus orígens, tant les produccions artístiques com els progressos científics, i el mateix desenvolupament de la psicoanàlisi, han tractat d’explicar i d’expressar la complexitat de l’ésser humà, cadascú des de la seva especificitat .
En el moment actual, en un món més global i complex que mai, la paradoxa es que domina un model de pensament, amb ampli abast en molts àmbits de la nostra vida quotidiana: educació, avenços científics, salut, politiques socials, que proposa respostes simples a qüestions complexes.
Aquestes propostes guanyen pes i espai en els debats i les decisions politiques basant-se en dos arguments falsejats: d’una banda el concepte ”evidència científica”, que cerca legitimar accions en allò relatiu a la subjectivitat (programes educatius, tècniques psicoterapèutiques, accions socials) sense cap rigor científic. D’altra trobem l’argument economicista segons el qual hem de “fer mes amb menys” i això justificat amb processos avaluadors que deterioren aspectes bàsics de la nostra societat: l’ensenyament, la recerca, l’atenció a les persones, la cultura,..
Es evident que aquesta tendència, que es presenta com a certesa, incideix de manera clara en la nostra civilització, en la manera en que concebem a l’esser humà, en com volem conviure junts i en les nostres prioritats com a societat. Aquest pensament únic te voluntat de domini i d’autoritarisme, sutura qualsevol pregunta sobre els malestars, sobre les manifestacions i sobre les incògnites de la ment humana.
Que en pensem els científics, artistes i psicoanalistes sobre aquesta deriva? Com ens afecta a la nostra tasca professional? Com creiem que incideix en la nostra civilització? Quines alternatives proposem cadascú?
Programa

10:00 h. Recepció
10:30 h. Taula rodona “Psicoanàlisi i ciències: confluències vers la complexitat del subjecte
· Maria Teresa Anguera, catedràtica de metodologia de les ciències del comportament, Facultat de Psicologia, UB. Vicerectora de la UB.
· Gabriel Capellà, metge, director del Laboratori d’Investigació Transnacional, director del Programa de Càncer Hereditari i director Científic de l’IDIBELL (Institut d’investigació biomèdica de Bellvitge)
· Josep Moya, psiquiatre, psicoanalista, coordinador de l'OSAMCAT (Observatori de Salut Mental de Catalunya)
Modera: Carme Grifoll. Psicòloga clínica i psicoanalista, Directora de Fundació Nou Barris S.M.

12:15 h. Taula rodona “Psicoanàlisi i arts: confluències vers la complexitat del subjecte
· Assumpta Mateu, pintora. Ha exposat en prestigioses exposicions internacionals. Ha efectuat, entre moltes altres obres,“Arbre: interrelació cultural” per a la commemoració dels 50 anys dels Amics de la UNESCO.
· Isabel Núñez, escriptora, traductora y crítica literària. Autora, entre d’altres, de: “Crucigrama”, “Si un árbol cae”
· Joaquín Oristrell, director i guionista cinematogràfic. Autor, entre d’altres, de la pel·lícula “Inconscientes”
· Teresa Morandi, Psicoanalista. Psicòloga Clínica. Supervisora i Docent Institucional. Membre del Patronat de la Fundació Congrés Català de Salut Mental.
Modera: Lluís Farré, psicòleg clínic i psicoanalista. Ex-cap Servei Psicologia Fundació Puigvert. Coordinador General de Docència i Formació Especialitzada de la Fundació Puigvert

13:45 h. Cloenda

Aforament limitat
Reserva de plaça per e-mail: psicoanalisissigloXXI@gmail.com

jueves, 19 de agosto de 2010

¿Hasta donde nos lleva el afán de notoriedad?

LA VANGUARDIA, Tendencias / Martes, 10 de agosto de 2010

¿Hasta donde nos lleva el afán de notoriedad?

José R. Ubieto. Psicólogo clínico y psicoanalista

La muerte del concursante ruso en el campeonato mundial de sauna en Finlandia, muestra que la muerte forma ya parte del espectáculo. Eso, en sí mismo, no es ninguna novedad. Desde siempre –y todavía en algunos lugares- la ejecución pública tiene valor ejemplarizante.

La novedad actual es que esa muerte es retransmitida, lo cual le da notoriedad sin duda al protagonista, pero tampoco debemos olvidar que en una escena siempre hay dos en juego: el mirado y el que mira. Si antes se trataba de sostener un ideal y en su nombre se justificaba esa “retransmisión”, ahora lo que está en juego es esa doble satisfacción de unos y otros.

Eso ocurre en diversos ámbitos, pero el más habitual es el deportivo donde el riesgo y la exploración y exposición extrema del cuerpo añaden un interés suplementario. Quizás por ello los deportes donde ese combate vital se juega más directamente (ligados al motor) adquieren cada vez más popularidad.

Esa búsqueda de la intensidad y su conjunción con la exposición publica, que la redobla, muestran que lo importante ya no es el objetivo final o la aspiración colectiva que podría acompañarla (ideal patriótico, desafío cultural,..) sino su focalización en un acto individual y, sobre todo, la referencia al cuerpo, y sus potencialidades, como la brújula del sujeto moderno.

La sauna es una tradición en Finlandia, exportada a todo el mundo, que cumple un rito de descanso y pausa en la rutina. Relaja el cuerpo y el espíritu y se fundamenta en un ideal saludable. Cuando ese ideal flaquea, porque el cuerpo se erige en el imperativo mayor, aparece el reverso del ideal: el empuje a la muerte, al límite que sólo ella marca, deteniéndolo.

¿Por qué, entonces, ese empuje más allá de lo saludable y lo razonable? Quizás la rutina de lo cotidiano se ha convertido en un problema para todos nosotros, quizás necesitamos algo más que un placer conseguido en el vínculo social y debemos añadirle un elemento extremo de riesgo para no tener la sensación de que el goce que obtenemos, con las cosas de la vida, es un goce light que no justifica nuestra existencia.

“No hay vida sin honor”, era un lema clásico que Vattel, el cocinero del rey francés encarnó con su propia muerte, al suicidarse tras un fracaso profesional. Con ello no dejo de recordarnos que la vida es impensable sin la muerte. Hoy esos actos extremos, en nombre de un ideal, quedan restringidos a los fundamentalistas de todo signo. Pero la pregunta por la razón de la existencia y la necesidad de justificarla no ha desaparecido, aunque se plantee en otros términos. ¿No hay algo de eso en es esa exploración de los límites del cuerpo, presente en los xtreme, deportes de riesgo que ya no responden a la ley del honor sino a la verificación de la potencia de cada sujeto?

¿Con quién compartimos nuestra intimidad?

LA VANGUARDIA, Tendencias / Viernes, 6 de agosto de 2010

¿Con quién compartimos nuestra intimidad?

José R. Ubieto. Psicólogo clínico y psicoanalista

Compartir la intimidad, hoy, es ya una costumbre social. Nada que ver con los usos de hace unas décadas donde la división público – privado era muy clara. Mostrar lo íntimo, en público, resultaba obsceno y sólo obtenía rechazo y sanción. Esas “vergüenzas” quedaban para el confesor, el médico, el psicoanalista o un amigo íntimo.

Hoy, en cambio, encontramos un amplio abanico de modalidades de exponer lo íntimo. En un extremo asistimos al espectáculo de los reality shows donde lo obsceno se transmuta en negocio o en simple exhibicionismo. En el otro tenemos la versión clásica del cara a cara, donde las figuras tradicionales del confesor o el médico dejan paso al “psi” generalizado: psicólogo, coach, terapeuta en cualquiera de sus modalidades, incluidas las no regladas (esoterismo),.. Y en el medio tenemos la modalidad más común y propia del siglo XXI: las redes sociales (Facebook, Tuenti, Twitter,..) en las que el cuerpo se escamotea y permite así cierta desinhibición al dirigirse al Otro, a veces un otro desconocido.

La pregunta entonces es ¿por qué esta pasión contemporánea por revelar lo íntimo? y ¿Qué queda de lo íntimo, una vez expuesto públicamente? Desde luego no parece ser ya un signo de trasgresión ni de liberación, sino más bien un indicador de la satisfacción que cada uno es capaz de obtener. Por eso busca, ante todo, el reconocimiento social, que el número de amigos que uno agregue muestre de lo que es capaz, para así darse una identidad más satisfactoria. Los trozos de realidad personal (fotos, mensajes breves, comentarios) que uno comparte, en esta escena pública, son sólo aquellos en los que uno puede reconocerse.

Pero hay otra realidad en la que uno no se reconoce a sí mismo. Otra intimidad más extraña, eso que Lacan llamó extimidad y que nos inquieta y nos angustia porque de todos modos intuimos que tiene algo que ver con nosotros. Esta extimidad requiere de otros parteners para compartirla ya que se trata de secretos, a veces, para nosotros mismos. Secretos dolorosos que interfieren en nuestra vida cotidiana, familiar, social o laboral.

Ahí es cuando llamamos a la puerta de un psicólogo o de un psicoanalista, no para compartir la intimidad, como si se tratase de un signo de amistad, sino para buscar respuestas a preguntas que nos surgen de muchas maneras: como dudas, como actos sin sentido, como malestares en el cuerpo, como compulsiones…. Aquí lo íntimo se nos presenta como extranjero a nosotros mismos y, sin embargo, tan familiar. Es por ello que necesitamos a un extraño que nos ayude a reconocer e interpretar eso que hace síntoma para cada uno.

martes, 29 de junio de 2010

El riesgo de vivir

LA VANGUARDIA, Tendencias / Viernes, 25 de Junio de 2010

¿Cómo incide el comportamiento colectivo?

José R. Ubieto. Psicólogo clínico y psicoanalista

Resulta difícil reflexionar y escribir sobre el suceso de Castelldefels en medio del dolor y el sufrimiento de los familiares de las víctimas y heridos, incluido el conductor del tren, afectado sin duda por lo sucedido. Vaya por delante nuestro apoyo y consuelo para todos ellos.

No es la primera vez que suceden hechos como éste, aunque no tan graves. Quedan todavía muchas dudas, que las autoridades y los jueces trataran de despejar, pero parece que las personas que decidieron cruzar las vías pudieron hacerlo también por el paso señalizado. ¿Por qué alguien pondría en riesgo su vida sin una aparente razón de fuerza mayor? Lo incomprensible de este acto es lo que nos inquieta, porque cuestiona algo que creemos sagrado: la propia vida.

Muchos de estos sucesos se producen en un contexto de grupo, en el que la decisión primera aparece difuminada en un comportamiento colectivo, donde el juicio de cada uno se confunde con el movimiento del grupo mismo. El hombre es un ser gregario que, en ocasiones, se deja llevar por su identificación a un ideal o por su sentimiento de pertenencia a un grupo, sea éste muy formalizado (partido político, iglesia,..) o más coyuntural (grupo de amigos, colectivo social).

Este factor grupal suspende, en parte, la decisión personal que cada uno tomaría confrontado a la posibilidad de asumir un riesgo vital. Este dato debería advertir a las autoridades para aumentar las medidas de seguridad en situaciones especiales como celebraciones deportivas o festivas.

Resulta paradójico que esta sociedad, que persigue la extinción del riesgo tomando para ello todas las prevenciones, se encuentre confrontada de tanto en tanto a situaciones como ésta, que parecen contravenir ese ideal de “la vida por encima de todo”. Y que, como parece confirmado en esta tragedia, sean los jóvenes (aunque no sólo ellos), los que asuman ese riesgo en conductas diversas, vinculadas mayoritariamente al ocio grupal.

Lo intenso, como requisito de la satisfacción obtenida, la exploración de los límites corporales, como índice de la propia estima y cierta trasgresión de lo establecido, como posición ante la norma, son algunos rasgos que encontramos en ese combate vital que los jóvenes libran para construirse como sujetos y encontrar su lugar, aceptable para el Otro y para ellos mismos. ¿Acaso alguno de nosotros calculó todos los riesgos en su juventud?

El drama es que a veces, en el intento de desembarazarse del peso de lo ya caduco y lanzarse a la vida para “agarrarla por los cuernos”, ese despertar del sueño infantil protector se convierte en una pesadilla trágica.

lunes, 14 de junio de 2010

¿Los autistas están solos?

LA VANGUARDIA, Tendencias / Lunes, 14 de Junio de 2010

JOSÉ R. UBIETO - Psicólogo clínico y psicoanalista



La primera imagen que nos hacemos de los niños autistas es la de su aislamiento y soledad, agravada por un mutismo frecuente. Ya la misma palabra remite a esa “concentración excesiva en su propia intimidad”. Sin embargo, cuando superamos ese sentimiento de inquietud que nos produce su retraimiento, observamos que su soledad se acompaña de objetos, que manipulan de manera repetida, a veces acompasados de movimientos estereotipados de su cuerpo.

Y si nos fijamos un poco más es posible que detectemos también algunas emisiones vocales, farfulleos apenas audibles, o bien intentos de taparse los oídos o los ojos, como si alguien les hablase o les mirase en su interior y quisieran, atemorizados, evitarlo.

Contrariamente, pues, a lo que nos parece, los autistas no están solos, están rodeados de una presencia que perciben como peligrosa, intrusiva, que pone en juego su vida y de la que quieren por tanto alejarse. Es por esto que nos ignoran y rehúyen nuestra mirada y no contestan a nuestras palabras. No es que no puedan entendernos por tener un déficit cognitivo, es que están angustiados con nuestra presencia y con lo que podemos querer para ellos, voluntades que no pueden interpretar porque les falta la clave básica del lenguaje humano. Nuestras palabras, por bien intencionadas que sean, tienen para ellos un peso excesivo y las viven peligrosamente.

Su primera defensa es tenernos controlados y para ello nada mejor que “congelar” la escena, que todo suceda igual que siempre, sin cambios ni sorpresas, que el otro –nosotros- esté siempre regulado y localizado en su sitio, para así poder mantenerse a distancia. Es lo que pide el personaje de Rain Man o el protagonista de El curioso incidente del perro a medianoche.

A partir de allí pueden continuar su trabajo de superar ese grado cero de la subjetividad que constituye la vida de un autista, la manifestación más elemental de que allí hay un sujeto que aspira a expresarse y dirigirse al otro, aunque de entrada no sepa como hacerlo.

Por eso sus objetos son preciosos como instrumentos para protegerse de la angustia, animar su cuerpo, procurándose una satisfacción y finalmente establecer un vínculo con el otro. Utilizan cualquier cosa que esté a su alcance, juguetes, objetos cotidianos, su propio cuerpo, el de los compañeros o adultos,..para conseguir recomponer un cuerpo que se les desborda. Necesitan pegarse a ese objeto para que les sirva de borde, como un límite que evita la fuga de las sensaciones que experimentan. Una de las actividades preferidas, para ellos, es la piscina y los baños porque allí encuentran esa “segunda piel” que el agua les procura.

También la música les interesa porque les permite “tratar” esa voz que escuchan, de su interior o del exterior. Al “ponerla en solfa” les resulta menos inquietante ya que obedece a unas reglas (entonación, ritmo, melodía) y no al capricho de quien habla. Por eso les ayuda que sus cuidadores les hablen cantando, aceptan mejor sus indicaciones.

Ese trabajo de “invención” que ellos hacen puede favorecerse con nuestra ayuda. Para ello debemos acompañarles en su progreso sin tratar de domesticarles como si fueran seres deficitarios sin recursos potenciales. Es mejor, entonces, estar al lado que enfrente, para decirles aquello que ellos pueden escuchar.

Hoy la clínica del autismo muestra como, para no pocos, hay un destino que no pasa por la cronificación deficitaria o la (auto) destrucción. Disponemos también de testimonios de los llamados autistas de alto nivel como Temple Grandin, Donna Williams o Birger Sellin que muestran como han superado ese estado autístico precoz y pueden, con sus límites, escribir libros, desempeñar un trabajo e incluso mantener una relación sentimental.

domingo, 23 de mayo de 2010

¿Cómo abordar la violencia escolar?

JOSÉ R. UBIETO - Psicólogo clínico y psicoanalista

La violencia está presente en la escuela de igual manera que en otros ámbitos: familia, calle, eventos deportivos. Cambian, eso sí, las formas y las causas específicas. Por eso lo importante es entender la lógica de esos fenómenos, fijarse en los detalles de cada caso, captar su particularidad. De lo contrario, corremos el riesgo de hacer equivalentes situaciones que son muy diferentes, aunque sus manifestaciones (episodio violento) puedan ser similares.

El suceso de Alicante parece indicar que se trata de una violencia recurrente, consentida por los padres, asociada a consumo de drogas, y que se presenta como un patrón de relación violento y generalizado (compañeros, profesores). Esta violencia implica un modo de vínculo al otro que busca su destrucción y que en muchos casos repite situaciones que el propio sujeto ha vivido pasivamente. Abordar este hecho supone un conjunto de tentativas previas que, al fracasar (en muchas ocasiones el propio joven confirma ese empuje al fracaso), provocan la necesidad de una actitud firme de contención, y en casos extremos de exclusión, como medida última de protección para el resto de alumnos y docentes. Afortunadamente son casos infrecuentes, donde las intervenciones educativas, clínicas o familiares encuentran sus límites.

El caso de Badalona muestra otro perfil diferente. Se trata de un niño de ocho años, adoptado y parece que con una situación familiar compleja, que se comporta de forma molesta en clase. Con todas las reservas que conviene, podemos aventurar que responde a otro tipo de situaciones en las que podría haber elementos, asociados, de dificultades emocionales. Estos actos violentos son respuestas del sujeto frente a dificultades internas difícilmente regulables por él mismo. Aquí la contención, facilitada por la cuidadora que le asiste, debe acompañarse de otras medidas terapéuticas y educativas especiales, que ofrezcan a este niño un marco educativo más apropiado. Y que al mismo tiempo preserven también el derecho de los otros alumnos a seguir su escolaridad.

Un tercer grupo de episodios violentos escolares lo encontramos en los casos de acoso escolar, donde la violencia se centra en un alumno identificado, por el matón, como chivo expiatorio de sus propias debilidades. Aquí conviene ser firmes con el agresor, pero también con los espectadores (otros alumnos) que asisten, pasivamente, a la escena de abuso. Son ellos los que pueden deslegitimar esa violencia persistente y colaborar con los docentes para detenerla.

La violencia escolar es demasiado compleja para dejarla en manos de los docentes. Por eso desde hace diez años llevamos a cabo una experiencia de trabajo en red en el distrito de Horta-Guinardó (www. interxarxes. net), donde educadores, clínicos y trabajadores sociales buscamos salidas colectivas a situaciones como estas, diversas y muy complejas.

domingo, 11 de abril de 2010

Autoridad Perdida

La Vanguardia. Sábado 10 de Abril, Tendencias

¿Por qué aumentan las agresiones a docentes y médicos?

JOSÉ R. UBIETO - Psicólogo clínico y psicoanalista

Las recientes noticias de agresiones a maestros y médicos forman parte de una tendencia que va claramente en aumento. Prueba de ello es que la violencia dirigida a los profesionales de los cuidados ocupa ya un lugar en los temas habituales de los congresos educativos y sanitarios.

Hay razones generales y particulares. Las generales tienen que ver con lo que el sociólogo François Dubet ha calificado como el declive del modelo institucional que instauro la modernidad, que pasaba por la relación privilegiada entre el alumno o paciente y el maestro o clínico, definidos como especialistas. Ese encuentro estaba fundado en una autoridad absoluta del profesional, que tenía el monopolio del saber académico o médico.

La postmodernidad vino a exarcerbar algunas de las contradicciones y paradojas ya incluidas en el propio programa de la Ilustración. Una de ellas deriva de la consideración de los derechos del individuo como un valor absoluto, que mina entonces esa autoridad del experto.

Este declive no sólo se ha hecho patente en los sistemas públicos de atención social, de salud o de educación, sino sobre todo, y en primer lugar, en la acción social y política donde la desafección y desconfianza hacia los gobernantes y gestores es notoria.

A esta primera razón podemos añadir otra, más clara en el ámbito sanitario: la reducción del paciente a una cifra, a una categoría diagnostica, a un código de barras. El modelo asistencial actual pone más énfasis en el cálculo y tratamiento estadístico de las patologías, que en el propio sujeto que las sufre. Eso se refleja bien en el tiempo, demasiado breve, de la atención personalizada, que se reduce a medida que aumentan los recursos informáticos, la proliferación de pruebas.

¿Quién no se ha sentido un poco cobaya cuando el médico escribe en el ordenador datos, que nos va pidiendo sin apenas mirarnos a la cara, concentrado en esa tarea que, por otra parte, no puede evitar ya que forma parte de los protocolos asistenciales?

El efecto subjetivo de esta limitación de la escucha, tan importante para emitir un juicio profesional, tiene mucho que ver con las reacciones de protesta y rechazo de los pacientes y familiares que, a veces, toman formas violentas activas (insultos, agresiones) y otras, la mayoría de los casos, se expresan como boicot pasivo (incumplimiento terapéutico, falta de adherencia a los tratamientos).

En el caso de los docentes, el proceso de “cosificación” del alumno no es tan extremo, si bien también se constatan los efectos nocivos de una voluntad excesiva de uniformización, como si los quisiéramos a todos iguales, incluidos en los mismos itinerarios y con las mismas performances. Anular la singularidad de cada uno es lo que retorna luego en esas manifestaciones de rechazo, indiferencia o incluso agresión.

Cuando alguien siente que sus cosas no son tomadas en cuenta, difícilmente establecerá una relación de confianza en ese otro y por tanto no le reconocerá la autoridad necesaria para producir efectos terapéuticos o de aprendizaje.

Finalmente, a estas razones más generales, cabe añadir las particulares de cada uno, que hacen que decida en un momento responder a una situación de una manera u otra, decisión de la que es responsable y por lo tanto debe responder ante la sociedad y la justicia, si es preciso.